La Dictadura del Buen Gusto
Amor propio y la moda.
ESTILO DE VIDA
Versátil Magazine
2/25/20263 min read




















Por Miguelangel Duque
La relación entre la autoestima, el amor propio y la forma en que nos vestimos, nos maquillamos y nos peinamos, es profunda y reveladora. Cuando una persona se reconoce valiosa, su imagen deja de ser una armadura para convertirse en una extensión honesta de su identidad. La elección de una prenda no responde, únicamente a tendencias, sino a la necesidad íntima de sentirse cómodo, auténtico y coherente con quien se es.
La falta de buen gusto, sin anestesia, suele ser consecuencia de la pereza mental y del consumo acrítico. Vestirse mal no es un error inocente, es el reflejo de no mirar, no leer, no cuestionar ni educar el ojo. Quien no desarrolla criterio confunde exceso con estilo, logotipo con elegancia y tendencia con identidad. El mal gusto nace cuando se copia sin entender, cuando se busca validación rápida y se ignora la coherencia. El resultado es una imagen ruidosa, vacía y contradictoria, incapaz de comunicar quien se es realmente.


Vestirse desde el amor propio implica comprender el cuerpo sin castigarlo, respetar sus formas y elegir siluetas que acompañen, no que escondan. El maquillaje, en este contexto, abandona la obligación de "corregir" y asume un rol expresivo: iluminar, acentuar, jugar, comunicar estados de ánimo y seguridad interna. No se trata de cubrir inseguridades, sino de dialogar con el rostro desde la aceptación. El peinado, por su parte, revela mucho más que una estética; habla del cuidado personal, del tiempo que una persona se concede a sí misma y de su deseo de mostrarse al mundo sin pedir permiso. Cuando la autoestima es frágil, la imagen suele volverse extrema o invisible: se exagera para llamar la atención o se minimiza para no ser visto. En cambio, el amor propio genera equilibrio, libertad y coherencia visual. La moda entonces deja de ser una máscara social y se transforma en un lenguaje íntimo, poderoso y consciente.
Vestirse, maquillarse y peinarse desde el respeto personal es un acto político silencioso: afirma la individualidad, desafía imposiciones externas y celebra la belleza real, diversa y en constante evolución. Cuando te quieres, no te disfrazas: te expresas.
Sin embargo, este proceso de construcción personal se ve limitado cuando no existe finura ni cultura. La falta de referentes, de curiosidad intelectual y de sensibilidad estética dificulta el autoconocimiento y empobrece el estilo. Ser fino no es cuestión de dinero, sino de criterio; y ser culto implica observar, aprender y comprender el mundo. Sin esa base, es más complejo identificar quién eres, qué te representa y cómo traducirlo visualmente. El estilo nace del conocimiento interno y externo y sin ambos, la imagen se diluye.








